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LA VANGUARDIA: Tíbet, el reino de los cielos

LA VANGUARDIA: Tíbet, el reino de los cielos

Texto de Alexis Racionero Ragué 09/06/2019
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Se cumplen 60 años de la ocupación de Tíbet, un territorio místico y sagrado que desde siempre fascinó a todos cuantos lo visitaron. Durante siglos estuvo cerrado al mundo, preservando el legado más ancestral de la cultura oriental. Hoy se debate entre la tradición y la modernidad.

Tíbet es uno de los espacios más bellos del planeta por su serena inmensidad. El viajero cree estar en el reino de los cielos, donde las nubes se pueden tocar y las estrellas brillan con mucha intensidad, como si fueran llamas de un gran fuego sagrado universal. Hay algo mágico que conmueve. Espacio árido y lunar, de infinita llanura y poderosas cumbres. Nieves eternas, ríos de vida, cuevas secretas y monasterios de sabiduría. En este altiplano, a más de 3.000 metros, la vida adquiere una dimensión próxima a los dioses y al sentir de la naturaleza. Lo habitan gentes amables, de caras curtidas por el frío y la intensidad del sol.

Desde Pekín, el tren tarda dos días y medio y transita por alturas de más de 4.000 metros; los vagones reciben oxígeno adicional mientras el viajero queda hipnotizado por el paisaje

Conforman una sociedad nómada y rural, de almas radiantes educadas en la no agresión budista y la compasión por todos los seres vivos. Gente devota y sencilla que convive con los han, los chinos nacidos allí que se integran en el territorio aportando su sentido práctico, comercial y de modernidad.

Poco a poco, el tiempo cicatriza mientras el Gobierno chino restaura los monasterios destruidos y crea una moderna red de comunicaciones para potenciar el turismo local e internacional. La gran obra fue la construcción del tren de alta velocidad que desde el 2006 recorre los más de cuatro mil kilómetros que unen Pekín y Lhasa. Esta es sin duda la mejor manera de viajar a Tíbet, aclimatándose poco a poco, superando progresivamente los inconvenientes del mal de altura. El tren tarda dos días y medio en cubrir la distancia y, a lo largo de unos 900 kilómetros, transita por alturas superiores a los 4.000 metros. En esta circunstancia, los vagones reciben oxígeno adicional mientras el viajero queda hipnotizado por un paisaje de ensueño, con cielos sobre lagos eternos y campos transitados por manadas de yaks.

El primer tramo del viaje, recorriendo Xining y Lanzhou, es e industrial y monótono. Una vez el ferrocarril se eleva para superar el paso de Tanggula, a más de 5.000 metros, se accede a la meseta de Quinghai, la más alta del mundo. Sobre el horizonte, la cordillera de los Kun Lun, montañas sagradas que los viajeros tibetanos veneran cantando el mantra om mani padme hum, que concentra las esencias de la filosofía budista. Mantra de la joya del loto y la compasión cuyas seis sílabas remiten a los seis reinos de existencia cíclica y a las seis virtudes trascendentales: la ética, la paciencia, la diligencia, la generosidad, la concentración y la sabiduría. El tren desciende después de atravesar zonas polares, lugares donde la tierra parece supurar las heridas de la humanidad.

La facilidad con la que el ferrocarril llega a Tíbet contrasta con las gestas de la antigüedad por pisar este recóndito lugar. Muchos lo conocimos gracias a las aventuras de Tintín buscando al Yeti. Otros habrán visto la película Siete años en el Tíbet, con Brad Pitt encarnando a Heinrich Harrer, el alpinista austriaco que se escapó de un campo de prisioneros británico para cruzar a pie montañas y desiertos hasta llegar  de forma heroica a las puertas de Lhasa. Allí se convirtió en maestro y mentor del actual Dalái Lama. De todas las gestas protagonizadas por occidentales en su aventura de llegar a Tíbet, ninguna puede compararse a la de Alexandra David Néel, exploradora y orientalista francesa que vagó en solitario desde India para adentrarse en territorio tibetano, haciéndose pasar por local. En su largo periplo aprendió tibetano, curtió su piel y esculpió el alma viviendo en cuevas durante años, antes de transmitir las bases del budismo y la autóctona religión bon, en obras como Magos y místicos del Tíbet. A lo largo de su intensa vida llegó a escribir más de 30 libros sobre las religiones orientales. En una carta a su marido, al poco tiempo de entrar en Tibet, le decía. “Desde lo alto de la terraza del monasterio miro las montañas circundantes, los bosques que el invierno ha vuelto amarillos y cobrizos y, más arriba, las nieves inmaculadas que resplandecen al sol. Me invade el deseo de escaparme. A pesar de la lejanía, todavía estoy demasiado trabada por el hilo que me une al mundo, a la civilización, a sus convencionalismos, a sus maneras de ser. Todavía me he despertado poco del mal sueño, del sueño abrumador de la existencia individual, y hasta en mi cueva de yogui mi espíritu sigue siendo el de una parisiense filósofa, artista y diletante. Escaparse, liberarse de uno mismo y del mundo que llevamos en nosotros. Ser lo que han sido los budas…”.

Algunos tibetanos invierten hasta dos meses en recorrer enormes distancias postrándose en el suelo, creyendo que así limpiaran su karma

Probablemente, Tíbet siga siendo eso, la oportunidad de escaparse de uno mismo y del mundo que nos rodea aunque sólo sea por unos días, adentrándonos en un lugar donde lo sagrado toma una dimensión existencial. Al llegar a Lhasa, el viajero es recibido por la fría modernidad de una estación de tren y una gran plaza dura de hormigón a los pies del palacio del Potala. No es hasta alcanzar la plaza Dhurbar, ante el monasterio del Jokhang, cuando se siente haber llegado a las raíces del Tíbet espiritual.

Miles de peregrinos circunvalan su recinto en una kora que se prolonga durante todo el día para acabar postrándose innumerables veces sobre la fachada del templo, antes de penetrar en él y rendir tributo al Jowo o imagen del joven Buda, esculpido en tiempos de Siddhartha Gautama. El incienso flota en el aire.

El turista debe ser respetuoso, guardar silencio, no fumar ni tomar fotos de forma insolente. Algunos tibetanos invierten hasta dos meses en  recorrer enormes distancias postrándose en el suelo, creyendo que así limpiaran su karma. Así mismo, hay que tener muy en cuenta el mal de altura y reposar los primeros días. Hay que protegerse del intenso sol con prendas largas y reservar las fuerzas. Este es un buen momento para degustar la deliciosa gastronomía tibetana, con excelentes platos de pasta artesanal y ese té de manteca de yak que inunda la atmósfera con su aroma dulce, rancio, pegajoso.

Para visitar el Potala lo mejor son las primeras horas del día, cuando el sol todavía no abrasa. La escalinata es interminable, y sus murallas encaladas de rojo y blanco, imponentes. Este gran conjunto monumental alberga el palacio blanco donde residió el Dalái Lama y el rojo que ocupaban los monjes, así como bibliotecas, santuarios y capillas o joyas como la estupa dorada del octavo dalái lama.

En Lhasa hay que dejarse llevar por la energía de la gente transitando entre templos y mercados. La riada humana penetra en una gran rueda de oración, girando entre sonidos guturales y golpes de tambor. No todo es luz en Tíbet, hay también mucha oscuridad y esa magia que proviene de tiempos chamánicos y ancestrales.

En las afueras puede visitarse Nechung, el templo del viejo oráculo que al igual que Deprung es un lugar habitado por monstruos y demonios representados en sus apocalípticas pinturas murales. Hay también templos más alegres y vitales, como el de Sera, que concentra turistas presenciando el curioso debate entre gestos que concluyen con una palmada. Las distintas escuelas de monjes se citan cada día en el llamado patio del debate. En torno al monasterio hay distintas cuevas y ermitas que visitar de gran interés.

En los albores del siglo XXI, Tíbet sigue conservando toda su magia y la incandescencia de ser uno de los faros culturales de la antigüedad

Más allá del área de Lhasa queda la opción de realizar una ruta por carretera de dos o tres jornadas que cruza el lago ­Yamdok, con una extensión de 638 kilómetros cuadrados. Es un territorio árido, entre las nieves y con escaleras pintadas sobre las rocas que indican el camino donde moran los difuntos. Desde el lago se desciende, después de cruzar el paso de Kharola, un glaciar a cinco mil quinientos metros, hasta la bonita aldea de Gyantse, con la preciosa kumbum, o gran estupa de las muchas puertas del monasterio de Palkor.

Esta edificación se eleva como un mandala tridimensional de innumerables capillas interiores que contienen bellas pinturas murales. Sobre la colina se conserva la fortaleza de Dzong, la ciudad de los héroes de la resistencia tibetana que fueron derrotados en el año 1904 por los dos mil soldados británicos liderados por Francis Younghusband, en la que fue la primera ocupación de Tíbet.

 La ruta por carretera finaliza en la ciudad de Shigatse, que alberga el complejo monástico de Thasulimpo, donde residía el Panchen lama. Hoy el recinto mantiene todavía una ajetreada actividad, con monjes que viven y transitan sus callejuelas encaladas de blanco, entre  fachadas de múltiples e intensos colores.

Para los más aventureros queda la peregrinación al Kailash, la gran montaña sagrada de la que nacen tres de los ríos más largos de Asia. Morada del dios hinduista Shiva y hogar del buda Demchok; venerado por diversas religiones. No se asciende como forma de respeto, se circunvala en un intenso recorrido de un día en busca de buena fortuna. La zona es también la cuna de la primitiva religión bon, aquella a la que David Néel atribuía poderes mágicos.

En los albores del siglo XXI, Tíbet sigue conservando toda su magia y la incandescencia de ser uno de los faros culturales de la antigüedad.

Al morir, a la edad de ciento un años, Alexandra David Néel había hecho suyas las palabras del sabio poeta Milarepa: “Mi religión es vivir y morir sin remordimiento”.

 

Data noticia: 
Dijous, 13 Juny, 2019
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